Crónicas de Rande

Querid@s corcher@s,

Tiempo ha desde mi última entrada en este nuestro rinconcito clorado. En esa ocasión fue para hablaros de las hazañas que un@s cuant@s andaluc@s (dios mío cuanta arroba en una sola frase…). Hoy me reuno con vosotr@s para hablaros de la conclusión de un sueño que empezó allá por el mes de febrero y que concluyó a las 16:03 horas del día 7 de julio del presente año.
Os hablo por supuesto de mi participación en la travesía competitiva a nado más dura de Europa, La Batalla de Rande a Nado.

Me centraré en el viaje ida y vuelta Jerez de la Frontera-Vigo, aunque si queréis comentarme algo acerca de la preparación o cuanquier otro aspecto del camino hacia Rande estaré encantado de responderos a vuestros comentarios.

Como os decía, este acontecimiento marcaría un antes y un después, no solo a nivel deportivo, sino emocional y personal también. Era la primera vez, que Mónica (mi chica) y yo hacíamos un viaje de una semana juntos. Una prueba de fuego para nuestra relación, que para vuestra información….pasamos con nota….jejejeje.

El viaje comenzó en Jerez de la Frontera (Cádiz-Andalucía-España-Unión Europea) un sábado 30 de junio muy tempranito, con las maletas llenas de ropa, suplementos vitamínicos, vaselina, mi Mako N-Joy, bañadores, gafas y demás accesorios de nanador, y los corazones llenos de esperanza e ilusión (por los motivos antes expuestos).

Hicimos una parada en Paramio (comarca de Sanabria-Zamora…) para visitar a nuestros amigos Juan Carlos, Elena y sus dos soles (Carla y Daniela). Esa misma tarde, tras los saludos y presentacionesde rigor, nos dirijimos hacia el Lago de Sanabria para poder tocar algo de agua antes de llegar a Vigo y así desentumecer un poco los músculos y articulaciones después de tanto coche.

Lago de Sanabria

Fue increible poder cruzarme a nado ese magnífico lago (el más grande de la Península Ibérica y uno de los pocos naturales que existen en España). Desde hace muchos años me habían atraido de él, su entorno con bosques de grandes nogales, castaños y robles y su color (negro azabache). Este color lo provoca la profundidad del lago (51 metros) ya que sus aguas, como pude comprobar eran cristalinas y de una calidad impresionante.

Tras el entreno, cena sanabresa con una inmejorable compañía y terminada con un digestivo local que hace que el Sake japonés quede a la altura de la sopa de pollo de mi abuela. Esa noche nos esperaban 7º C de temperatura en el exterior (repito, 30 de junio).

El Sireno, Vigo

El Sireno, Vigo

A la mañana siguiente, despedida de esa entrañable familia y vuelta al camino. Llegamos a Vigo al medio día y enseguida pude divisar a lo lejos las Islas Cíes y la Ría de Vigo (escenario de la prueba). Estaba como un niño chico el día que le van a presentar a su ídolo deportivo.

Mónica había encontrado un apartamento en pleno centro de Vigo con una terraza increíble con vistas a la Ría (más metido en el papel no se podía estar) y esa misma mañana quedé con mi amigo Agustín Soneira, organizador de la prueba y a la postre amigo. Me llevó a ver el recorrido de la prueba desde algunos de los rincones más altos de Vigo. No solo no estaba temeroso (aunque las Cíes casi no se veían desde la orilla) sino que estaba impaciente porque llegara el marcado día en el que comenzara la travesía; estaba preparado y quería poner a prueba la maquinaria. Además me recomendó un lugar para poder comer en condiciones durante la semana que estaría de “stage” en su ciudad: Lobo do Mar. Un restaurante pequeñito, pero muy acogedor, llevado con mucho cariño por sus dueños y con el pescado más fresco que puedas encontrar en Vigo. Obviamente le hicimos caso.

Con Agustín Soneira

Con Agustín Soneira

En la semana que estuvimos allí tuve la ocasión de ir a entrenar a la playa de Vao con un grupo de amigos vigueses, argentinos, catalanes y andorranos que participarían en la Batalla. Corcher@s mí@s, en mi vida he entrenado en un sitio mejor para nadar en aguas abiertas: aguas cristalinas, entorno privilegiado y un circuito con bollas bien visibles de 600 metros de longitud a unos 50 metros de la orilla.

En las vísperas, la organización nos reunió en el Hotel y, además de darnos de cenar, nos informaron de que teníamos un déficit de piragüistas y que tendríamos que ir por parejas. Minerva y yo enseguida nos emparejamos (en el sentido natatorio de la palabra….no seáis mal pensados…) ya que durante los entrenos en la anteriormente citada playa de Vao habíamos visto que llevábamos un ritmo muy parecido (venía de quedar 4ª del Mundo Máster en Riccione, así que sus referencias eran inmejorables).

Madrugada del 7 de julio de 2012. Los participantes nos encontramos en el Puerto Deportivo de Vigo. La goleta que la organización había provisto para nadadores y acompañantes nos esperaba mientras llovía (algo bastante normal por lo que parece en Galicia). Durante el recorrido hacia la Playa de Rodas, nervios, comentarios jocosos para auyentar los miedos y reuniones con los kayakistas para establecer las estrategias y el rumbo a seguir durante la prueba. Nuestro plan era el siguiente:

1º.- En la salida deberíamos efilar al Cabo Homme (costa norte de la Ría) para empezar a costear ya que las tres primeras horas de la travesía nos encontraríamos con marea bajante y la corriente en contra sería mucho más pronunciada en medio de la Ría.

2º.- a las 13:00 horas, aproximadamente, tendríamos marea muerta, lo cual debíamos aprovechar para colocarnos en el centro de la Ría y así prepararnos para la subida de la marea que nos empujaría hasta la ansiada meta.

3º.- Parar cada 20 minutos. La primera parada para tomar bebida carbohidratada, la 2ª para beber líquido isotónico y comer barrita energética, y así sucesivamente.

4º.- Llegar. No cabe la retirada en nuestras mentes. an sido duros meses de dedicación y esfuerzo como para rajarse a última hora.

Fernando, Minerva y yo

Fernando, Minerva y yo

Bueno, pues una vez que teníamos todos claros el plan, nos pusimos el neopreno en el único restaurante de las Islas y, mientras sonaba “More than a Feeling” de Boston, me vino a la memoria mi amigo y hermano clorado Raúl Bernal (compañero de otras muchas batallas y tertulias interminables acerca de la natación).

Playa de Rodas (según The Guardian, la mejor del mundo), una pasada de bonita, bosque de pinos a nuestras espaldas, bajo nuestros pies arena fina y blanca y enfrente 27 kilómetros de agua fría y salada hasta la Isla de San Simón. El cielo quiso darnos un respiro en la salida para que las fotos de la misma fueran bonitas, pero al poco de darse la salida, volvió a sus gallegas costumbres y nos regaló un par de chaparrones.

En la salida quise ponerme en cabeza, no porque tuviera intención de ganar la prueba (mi objetivo era terminarla y punto), sino porque se que es el mejor sitio para evitar golpes y molestias con el resto de competidores. Además, me encanta la sensación de ir abriendo el camino, sin burbujas ni pies que me tapen el panorama.

El “liderazgo” de la prueba me duró lo que un caramelo en la puerta de un colegio. El benjamín de la prueba y favorito para el triunfo en todas las casas de apuestas se puso a tirar a los dos kilómetros de la salida y, por supuesto, no quise adaptarme a su ritmo (quedaban 25 kilómetros y mi mente debía centrarse en mi propia cadencia de brazadas y a dosificar las fuerzas que había acumulado durante los últimos seis meses de entrenamiento con mi gran amigo Samuel Rubio). En este punto, fue cuando a mi compañera de kayak, Minerva, se le cruzaron los cables y abandonó a su pareja, su kayak y su AVITUALLAMIENTO, para seguir la estela del máquina redondelero. Fué la última vez que supe de ella hasta la llegada.

Afortunadamente, mi buen Fernando ( “nuestro” kayakista) decidió quedarse conmigo y los dos solos nos fuimos por el itinerario decidido a priori, lo cual le agradeceré eternamente.

A la hora y media, los hombros empezaron a quejarse. No podía, no debía hacerles caso y mi mente se centró en pensamientos positivos, alejándose del dolor y acercándome a mis seres queridos, mi hijo Marco que tantas veces me había acompañado a mis entrenos en mar, mis padres, que tan preocupados estaban con la locura de su hijo, mi hermano y su hermosa familia, que estuvieron ahí para recogerme cuando me caí, mi prima Rosarito y sus desayunos especiales pre-entrenos en la Barrosa (gracias por creer en mí), y por supuesto mi niña, Mónica, que desde el primer momento me aceptó con todas mis taras y mis exigencias de entreno, que había apostado en este proyecto con tanta ilusión como yo, que me acompañaba física y emocionalmente y a la que abrazaría en la llegada (si los hombros me lo permitían, si no, me dejaría abrazar por ella, jejejeje).

Mi prima Rosarito

Mi prima Rosarito

Todos esos pensamientos me asaltaban durante las siguientes horas, mientras las bateas de mejillones de la costa norte de la Ría iban pasando, las playas de Cangas de Morrazo iban quedándose atrás e incluso, Vigo, a nuestra derecha, dejaba paso al Estrecho de Rande. La verdad es que me imaginaba que encontraríamos algo de fauna marina, pero quitando al animal que os escribe, no divisé ni por arriba de la superficie ni por debajo de ella, rastro alguno de peces, tortugas o cetáceos (una pena, la verdad), tan solo mi fiel Fernando y su mirada seria y constante vigilancia a cualquiera de mis gestos.

Puente de Rande. Los hombros me dicen que no pueden más. Se que si me paro a recuperar o a avituallarme, no volverán a moverse y aún quedan 3 kilómetros (sólo tres). Así que decido no parar, empezar a mover más rápido los pies y rogar que la marea subiente me empuje hasta la Isla de San Simón. La sensación de pasar por debajo del puente, es una de las mejores de la travesía. Es muy simbólico, es la referencia más clara que tenemos durante todo el camino y parecía que nunca lo atravesaríamos. Gritos de felicidad y coraje, y de repente….zas….la imagen de una hamburguesa triple con muuucho queso se me instala en la mente y no tengo forma de quitármela de la cabeza hasta bien pasada la noche (cosas de la materia gris…).

Isla de San Simón

Isla de San Simón

Aunque el dolor es insoportable, continúo braceando y pasando más bateas de mejillones en la Ensenada de San Simón. Me sorprendo a la velocidad que las atravieso (la corriente allí debe ser la leche, porque desde luego mis brazos no son). A lo lejos ya diviso la Isla de San Simón. Ese ultimo kilómetro se hace interminable, no piensas en lo que llevas nadado, ni en tus entrenos, ni en tus seres queridos, tan solo la dichosa hamburguesa tiene cabida en mis pensamientos.

Al llegar, una multitud de gentes del lugar, familiares de los nadadores lugareños y organizadores aplauden a los esforzados nadadores. Busco entre la gente y no encuentro a Mónica. Ella venía en la goleta de la organización, pero se suponía que estarían esperándonos en la llegada. A lo mejor es que no veo bien. Los fotógrafos hacen su trabajo retratando la faz del sufrimiento y la superación, me apoyo en un lecho de algas que había en la rampa de subida, pero ¿no se suponía que la marea ya habría cubierto dicha rampa para nuestra llegada?. Pregunto en qué puesto he llegado y me dicen que 5º. ¿5º? Si yo pensaba que iba 8º o más atrás…se ve que alguien lo debió pasar muy mal en el último tramo de la prueba. Mónica sigue sin aparecer. Me informan que los de cabeza (ese seguro que era yo, a cabeza me ganan pocos) hemos ido tan rápido que ni a la marea le ha dado tiempo a cubrir la rampa, ni a las autoridades locales a llegar.

Sinceramente, saludar a uno o dos concejales me importaba bastante poco (yo quería abrazar a Mónica, LO HABÍAMOS LOGRADO), pero el hecho de tener que escalar para poder subir la rampa y llegar así a ala meta (fuera del agua) fue horroroso. Me arrastré cual gusano tembloroso agarrándome a las algas y rezando porque no se desprendieran de sus rocosas fijaciones.

Lo primero que hice al pasar el chip por el detector fue pedir prestado un móvil para hablar con Marco, mi hijo. Me prometí que sería el primero con el que hablaría, se lo quería dedicar a él. Desafortunadamente estaba durmiendo la siesta y no quise despertarlo. Bueno, un pequeño disgusto, pero leches, acababa de nadar (según el GPS) 27´8 kilómetros en 6 horas, tres minutos. Eso me daba un parcial de 1 minuto 20 segundos cada cien (una pasada para mí) y a solo 20 minutos de ganador.

Tras las pertinentes viandas y ducha con agua hirviendo pude llegar a la goleta, donde, cual pricesa medieval, permanecía Mónica “secuestrada”. Nuestro reencuentro fue muy feliz y no daré más detalles del mismo, so cotillas….

En cuanto llegamos al hotel, le pedía a Mónica que fuera a por esa hamburguesa triple con mucho queso de una cadena norteamericana de comida rápida que empieza por Burguer y termina por King, y doy fe de que pocas veces he saboreado algo con tanta intensidad como aquel triple Whooper con queso XXL.

No podía ni mover los hombros. El siguiente mes y medio lo pasé con una sensación de cansancio crónico desconocido para mí hasta la fecha.

En las aguas de la Ría de Vigo se quedaron muchas cosas: Frustraciones, malos pensamientos, baja autoestima, sensación de soledad. De allí me traje ilusiones renovadas, positivismo, amistades nuevas y una sensación de setirme querido como nunca en mi vida.

Finishers

Finishers

Quiero agradecer a:

Activa Club Jerez (Óscar Marroquín)

Neoprenos Mako (Pilar Hidalgo)

Fermento Urbano (Germán Monterrubio)

– Mareventum (Agustín Soneira)

y a todas las presonas que se hayan sentido partícipes de alguna forma u otra de esta ilusión. Entre tod@s me habéis empujado hasta la meta (bueno, la corriente a favor al final también hizo su trabajo), pero ya sabéis, en este tipo de retos, EMPIEZAN LOS BRAZOS PERO TERMINA LA MENTE (y el corazón).

Gracias por seguir ahí…

Rafa Gil

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2 Respuestas a “Crónicas de Rande

  1. Muchas felicidades crack!!!
    Un “ladrillo” muy agradable para leer!!!
    Yo tengo algo parecido la semana que viene. La Bocaina.
    Espero pasarlo igual de bien que tu.
    Saludos.

  2. Es una crónica brutal. Gracias por el relato. Para los que la tenemos como uno de nuestros retos ha sido un empuje más. Buen ladrillo!!
    desafioatlante.com

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